
Galdós tiene un relato sobre un hombre que pierde la cabeza.. literalmente. Un mañana el desgraciado personaje se despierta sin cabeza, esto es, sin nada sobre sus hombros. Como haríamos cualquiera de nosotros, se pone inmediatamente a buscarla: abre armarios y cajones y mira debajo de la cama, preguntándose con desesperación "¿dónde habré metido yo la cabeza?".
Al anticlerical de Galdós le hubiera gustado la última anécdota que cuenta Gombrich en su Historia del Arte . A quienes visitamos Francia y nos detuvimos, aunque solo fuese un momento, ante los pórticos de sus iglesias y catedrales, nos sorprendió que a algunas de sus esculturas sagradas les faltase la cabeza. Y es que el furor de la Revolución Francesa llevó a que muchos campesinos se ensañasen incluso con estas imágenes. De la moda de decapitar al adversario no se libró ni su rey, como se sabe, pero para rebanarle la testa a una figura de piedra (tarea que no podía facilitarles la elegante guillotina) había que estar especialmente enfadado.
El caso es que -cuenta el omnisapiente Gombrich- en los años 70, unos obreros que se disponían a excavar los cimientos de un edificio se encontraron con 364 cabezas enterradas en el centro de París. Cabezas de piedra, se entiende. Lo que no aclara Gombrich es qué pasó con ellas. Supongo que es mucho desear que alguien se dedicara el resto de sus días a restituir cada cabeza a su propietario, vagando de iglesia en iglesia y de catedral en catedral con semejante equipaje, como si de un extrañísimo puzzle se tratara. Solo así santos, profetas y sabios reyes bíblicos podrían respirar tranquilos, tras décadas preguntándose con terrible inquietud "¿dónde tendré yo la cabeza?".
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