miércoles, 2 de septiembre de 2009

La cueva de los cuarenta ladrones



Cuando Caperucita Roja le decía al lobo: "¡Qué orejas más grandes tienes!", el lobo le respondía "Es para oírte mejor..."; "¡Qué ojos más grandes tienes!", "Es para verte mejor...". Si se les preguntase a los cuarenta ladrones (todos, esos sí, con el título de Lord y sus elegantes trajes del XIX) que almacenaron los tesoros del Museo Británico que para qué lo hicieron, a buen seguro responderían: "Es para que se conserve mejor...".

Contemplamos los frisos del Paternón en una gran sala rectángular, colocados a la altura de la mirada. En la Acrópolis tendríamos que echar la cabeza hacia atrás y entrecerrar los ojos para que no nos molestase el implacable sol ateniense: sí, en el Museo Británico están mejor.
Cerca de las patas de uno de los dos leones que, a las puertas de una ciudad asiria, asustaban a los recién llegados, alguien dibujó el tablero de un popular juego de la Antigüedad. Hoy se ha colocado un vidrio sobre esas líneas entrecruzadas para que nadie ose ponerse a jugar allí, al pie de los temibles leones: sí, en el Museo Británico están mejor.
A las momias egipcias se las ha sacado de sus sarcófagos, donde llevaban años descansando, y se les ha practicado, por fin, la autopsia (pobres momias! que las vean con esas pintas, con lo coquetas que debían de ser ellas). Pero sí, en el Museo Británico están mejor.

Desde Nápoles, en el siglo XIX, un Lord envió dos barcos a Inglaterra cargados de vasijas griegas: sólo llegó uno de ellos. Pero quién duda de que las otras, en el Museo Británico, hubieran estado mejor.

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