viernes, 4 de septiembre de 2009

Para perder la cabeza


Galdós tiene un relato sobre un hombre que pierde la cabeza.. literalmente. Un mañana el desgraciado personaje se despierta sin cabeza, esto es, sin nada sobre sus hombros. Como haríamos cualquiera de nosotros, se pone inmediatamente a buscarla: abre armarios y cajones y mira debajo de la cama, preguntándose con desesperación "¿dónde habré metido yo la cabeza?".

Al anticlerical de Galdós le hubiera gustado la última anécdota que cuenta Gombrich en su Historia del Arte . A quienes visitamos Francia y nos detuvimos, aunque solo fuese un momento, ante los pórticos de sus iglesias y catedrales, nos sorprendió que a algunas de sus esculturas sagradas les faltase la cabeza. Y es que el furor de la Revolución Francesa llevó a que muchos campesinos se ensañasen incluso con estas imágenes. De la moda de decapitar al adversario no se libró ni su rey, como se sabe, pero para rebanarle la testa a una figura de piedra (tarea que no podía facilitarles la elegante guillotina) había que estar especialmente enfadado.

El caso es que -cuenta el omnisapiente Gombrich- en los años 70, unos obreros que se disponían a excavar los cimientos de un edificio se encontraron con 364 cabezas enterradas en el centro de París. Cabezas de piedra, se entiende. Lo que no aclara Gombrich es qué pasó con ellas. Supongo que es mucho desear que alguien se dedicara el resto de sus días a restituir cada cabeza a su propietario, vagando de iglesia en iglesia y de catedral en catedral con semejante equipaje, como si de un extrañísimo puzzle se tratara. Solo así santos, profetas y sabios reyes bíblicos podrían respirar tranquilos, tras décadas preguntándose con terrible inquietud "¿dónde tendré yo la cabeza?".

miércoles, 2 de septiembre de 2009

El filólogo y los radiactivos químicos


Hoy el filólogo está contento. Ha recibido, después de días, semanas, meses de espera, lo que necesitaba para seguir adelante con la edición de su obra. Días, semanas, meses que ha pasado sentado en su mesa delante del manuscrito, mirándolo con cariño, pasando las hojas sin mucho cuidado, silbando mientras hacía ruletas con el boli entre los dedos. Hoy el filólogo está que se sale. Abre el paquete lleno de emoción. Tiene ganas de llorar. Ya, ya tiene en sus manos el producto químico que esperaba, el bote casi mágico –al menos, a él se lo parece, y lo mira con verdadera lujuria, sacando la puntita de la lengua. Es un frasquito de cristal con una sustancia como la que se aplica todas las noches en los dedos de los pies, para que no le salgan callos. Algo blanquecino y viscoso. ¡Pero tan fascinante! El filólogo se dirige a su despacho con el producto químico; se encuentra en el pasillo con otro filólogo; lo saluda sonriente, malicioso, perverso, ¡ah, si supiera que dentro de unos momentos él mismo habrá revolucionado la filología toda! Cierra la puerta con mucho cuidado. Se sienta delante de su manuscrito. Abre el frasco. ¿Con qué puede verter el producto químico? ¿Con un pincel? ¿Con una cucharilla? ¿Con una bolita de algodón? Frunce el ceño: en todo el tiempo que lleva investigando su manuscrito, nunca se ha enfrentado a una cuestión semejante. Se detiene a pensar, acariciándose la frente, luego la barba, luego la puntita de la nariz. De pronto, se le ilumina la mirada: si es como eso que se da en los dedos de los pies todas las noches para que no le salgan callos, lo puede aplicar sin ningún problema con los dedos de las manos. Se pone a la labor: mete la yema del dedo índice de la mano derecha –el corazón se le dispara- y lo desliza por la superficie de la primera página del manuscrito. Ahora sí, ahora podrá leer las palabras ininteligibles que habían detenido su ardua tarea de editor. Y qué pronto, mucho antes de lo que esperaba, tanto que –pero qué tonto está- ha olvidado hacerse con boli y papel para anotar rápidamente lo que revele el producto químico. Rápido, porque sabe que su efecto no durará casi nada. ¿Dónde está el boli? Las palabras empiezan a aparecer como si despertasen de un largo sueño. Van a borrarse enseguida y después el manuscrito quedará inservible. ¿Y el boli con el que hacía ruletas? Abre todos los cajones. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Lo encuentra en el cuarto. Suspira con alivio. Mira el manuscrito: ahí está, ese final de verso que tantos días, semanas, meses, había esperado descifrar. Quizá haya que darle un poquito más de producto. Lo hace. Le da más, mucho más, quizá se esté pasando. Ahí está, toda la tirada de versos, por fin, al descubierto. Los apunta lo más rápido que puede.
El filólogo está profundamente satisfecho, tanto que se le cae una lagrimita. Se frota los ojos con gesto infantil. Cuando los abre y dirige la mirada a sus papeles, el corazón le da un vuelco. ¿Qué pasa? Algo totalmente inesperado. El manuscrito está empezando a desaparecer. Se está deshaciendo, abrasado. Poquito a poco, como si lo consumiera el fuego. El filólogo no tiene tiempo de reaccionar. Ahora ya no es sólo el manuscrito, sino también la mesa, en la que aparece primero un agujerito que, despacio, va haciéndose más grande. Todas y cada una de las páginas que había sobre ella se desintegran. Luego es el boli –con el cariño que le tenía, con las ruletas que había hecho con él- y, pero será posible, se mira las yemas de los dedos, parpadea, no se lo puede creer, ¿pero qué clase de sustancia era esta? Él mismo, sin dolor alguno, sin ni siquiera una pequeña molestia, él mismo, el filólogo que iba a revolucionar la filología toda, está empezando a desaparecer…

La cueva de los cuarenta ladrones



Cuando Caperucita Roja le decía al lobo: "¡Qué orejas más grandes tienes!", el lobo le respondía "Es para oírte mejor..."; "¡Qué ojos más grandes tienes!", "Es para verte mejor...". Si se les preguntase a los cuarenta ladrones (todos, esos sí, con el título de Lord y sus elegantes trajes del XIX) que almacenaron los tesoros del Museo Británico que para qué lo hicieron, a buen seguro responderían: "Es para que se conserve mejor...".

Contemplamos los frisos del Paternón en una gran sala rectángular, colocados a la altura de la mirada. En la Acrópolis tendríamos que echar la cabeza hacia atrás y entrecerrar los ojos para que no nos molestase el implacable sol ateniense: sí, en el Museo Británico están mejor.
Cerca de las patas de uno de los dos leones que, a las puertas de una ciudad asiria, asustaban a los recién llegados, alguien dibujó el tablero de un popular juego de la Antigüedad. Hoy se ha colocado un vidrio sobre esas líneas entrecruzadas para que nadie ose ponerse a jugar allí, al pie de los temibles leones: sí, en el Museo Británico están mejor.
A las momias egipcias se las ha sacado de sus sarcófagos, donde llevaban años descansando, y se les ha practicado, por fin, la autopsia (pobres momias! que las vean con esas pintas, con lo coquetas que debían de ser ellas). Pero sí, en el Museo Británico están mejor.

Desde Nápoles, en el siglo XIX, un Lord envió dos barcos a Inglaterra cargados de vasijas griegas: sólo llegó uno de ellos. Pero quién duda de que las otras, en el Museo Británico, hubieran estado mejor.