
En un cuadro un muchacho se despedía de su familia. Cada miembro reaccionaba de una forma distinta. El texto adjunto decía: "¿Quién te parece más apenado? ¿Quién más enfadado? ¿Alguien se muestra indiferente? ¿Por qué crees que el chico abandona su hogar?".
En otra pintura una manada de búfalos galopaba por la llanura, envueltos en una nube de polvo. "¿Cómo te sentirías tú si estuvieras contemplando en la realidad esta estampida?".
La dinámica de aquel tomo enciclopédico era absolutamente sencilla. Bastaba el comentario oportuno a cada obra de arte (casi nunca muy conocida) para que el niño que bostezaría en un museo se detuviese ahora un rato a pensar e imaginar.
Hoy tengo en mis manos un libro por el que siento de nuevo una enorme gratitud. Gombrich, en su Historia del Arte (celebérrima) lleva al lector de la mano por un enorme museo, universal e histórico, y le explica con paciencia el por qué, el cuándo y el cómo de cada obra; le cuenta anécdotas sobre los más excéntricos artistas; le señala con el dedo un detalle de un cuadro en el que quiere que se fije.
"Ocio atento, silencio dulce", como dice con hipálage un verso de El Polifemo de Góngora.
