lunes, 31 de agosto de 2009

De El mundo de los niños a Gombrich




En un cuadro un muchacho se despedía de su familia. Cada miembro reaccionaba de una forma distinta. El texto adjunto decía: "¿Quién te parece más apenado? ¿Quién más enfadado? ¿Alguien se muestra indiferente? ¿Por qué crees que el chico abandona su hogar?".

En otra pintura una manada de búfalos galopaba por la llanura, envueltos en una nube de polvo. "¿Cómo te sentirías tú si estuvieras contemplando en la realidad esta estampida?".

La dinámica de aquel tomo enciclopédico era absolutamente sencilla. Bastaba el comentario oportuno a cada obra de arte (casi nunca muy conocida) para que el niño que bostezaría en un museo se detuviese ahora un rato a pensar e imaginar.

Hoy tengo en mis manos un libro por el que siento de nuevo una enorme gratitud. Gombrich, en su Historia del Arte (celebérrima) lleva al lector de la mano por un enorme museo, universal e histórico, y le explica con paciencia el por qué, el cuándo y el cómo de cada obra; le cuenta anécdotas sobre los más excéntricos artistas; le señala con el dedo un detalle de un cuadro en el que quiere que se fije.

"Ocio atento, silencio dulce", como dice con hipálage un verso de El Polifemo de Góngora.

Chatarra



He sido un coche. Ahora solo soy un bloque de chatarra.

Formo un extraño zigurat con otros bloques de chatarra. Permanecemos al sol en el solar de una enorme planta de reciclaje.

Me fabricaron robots de movimientos milimetrados. Mis piezas se deslizaban una a una por largas cintas transportadoras. El proceso era casi perfecto.

Costé dos millones y medio de pesetas de las de antes.

No me pusieron aire acondicionado. Soy azul oscuro. Fui azul oscuro.

Prefería las carreteras comarcales a las autopistas. Prefería las calzadas estrechas a las grandes avenidas. Prefería ser aparcado en la calle a los parkings, porque me gustaba servir de refugio a los gatos y de espejo de urgencia a alguna muchacha.

Odiaba ir al taller para que toscos mecánicos hurgasen en mi motor con llaves inglesas.

En cambio, me divertía que me llevaran a lavar. Me hacían cosquillas los rodillos.

Confieso que siempre tuve un poco de envidia de los descapotables.

En realidad, solo ha habido una cosa grande en mi vida: me enamoré de mi primera dueña.

Cuando el cinturón cruzaba su pecho y ella sujetaba con delicadeza el volante sentía que nos estábamos abrazando. Sus ojos azules en el retrovisor. El viento que entra por la ventanilla y agita su pelo rubio.

Sufrí terribles celos cada vez que amó a un hombre en los asientos de atrás.

Algunas noches ponía a Ella Fitzgerald o a Chet Baker y conducía sin parar durante horas; entonces se me permitió creer que era yo el propietario y ella solo mi dulce posesión.

Después de muchos años se deshizo de mí.

Fui un triste segunda mano, cada día más estropeado y más viejo. Tuve algunos accidentes de tráfico. Envidié el alcoholismo casi constante de mi segundo dueño.

Pasé una larga temporada encerrado en el garaje de su casa.

Allí no entraban los gatos. Solo había tiempo y espacio para recordarla.

Hoy ya no soy más que un bloque de chatarra.