miércoles, 2 de septiembre de 2009

El filólogo y los radiactivos químicos


Hoy el filólogo está contento. Ha recibido, después de días, semanas, meses de espera, lo que necesitaba para seguir adelante con la edición de su obra. Días, semanas, meses que ha pasado sentado en su mesa delante del manuscrito, mirándolo con cariño, pasando las hojas sin mucho cuidado, silbando mientras hacía ruletas con el boli entre los dedos. Hoy el filólogo está que se sale. Abre el paquete lleno de emoción. Tiene ganas de llorar. Ya, ya tiene en sus manos el producto químico que esperaba, el bote casi mágico –al menos, a él se lo parece, y lo mira con verdadera lujuria, sacando la puntita de la lengua. Es un frasquito de cristal con una sustancia como la que se aplica todas las noches en los dedos de los pies, para que no le salgan callos. Algo blanquecino y viscoso. ¡Pero tan fascinante! El filólogo se dirige a su despacho con el producto químico; se encuentra en el pasillo con otro filólogo; lo saluda sonriente, malicioso, perverso, ¡ah, si supiera que dentro de unos momentos él mismo habrá revolucionado la filología toda! Cierra la puerta con mucho cuidado. Se sienta delante de su manuscrito. Abre el frasco. ¿Con qué puede verter el producto químico? ¿Con un pincel? ¿Con una cucharilla? ¿Con una bolita de algodón? Frunce el ceño: en todo el tiempo que lleva investigando su manuscrito, nunca se ha enfrentado a una cuestión semejante. Se detiene a pensar, acariciándose la frente, luego la barba, luego la puntita de la nariz. De pronto, se le ilumina la mirada: si es como eso que se da en los dedos de los pies todas las noches para que no le salgan callos, lo puede aplicar sin ningún problema con los dedos de las manos. Se pone a la labor: mete la yema del dedo índice de la mano derecha –el corazón se le dispara- y lo desliza por la superficie de la primera página del manuscrito. Ahora sí, ahora podrá leer las palabras ininteligibles que habían detenido su ardua tarea de editor. Y qué pronto, mucho antes de lo que esperaba, tanto que –pero qué tonto está- ha olvidado hacerse con boli y papel para anotar rápidamente lo que revele el producto químico. Rápido, porque sabe que su efecto no durará casi nada. ¿Dónde está el boli? Las palabras empiezan a aparecer como si despertasen de un largo sueño. Van a borrarse enseguida y después el manuscrito quedará inservible. ¿Y el boli con el que hacía ruletas? Abre todos los cajones. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Lo encuentra en el cuarto. Suspira con alivio. Mira el manuscrito: ahí está, ese final de verso que tantos días, semanas, meses, había esperado descifrar. Quizá haya que darle un poquito más de producto. Lo hace. Le da más, mucho más, quizá se esté pasando. Ahí está, toda la tirada de versos, por fin, al descubierto. Los apunta lo más rápido que puede.
El filólogo está profundamente satisfecho, tanto que se le cae una lagrimita. Se frota los ojos con gesto infantil. Cuando los abre y dirige la mirada a sus papeles, el corazón le da un vuelco. ¿Qué pasa? Algo totalmente inesperado. El manuscrito está empezando a desaparecer. Se está deshaciendo, abrasado. Poquito a poco, como si lo consumiera el fuego. El filólogo no tiene tiempo de reaccionar. Ahora ya no es sólo el manuscrito, sino también la mesa, en la que aparece primero un agujerito que, despacio, va haciéndose más grande. Todas y cada una de las páginas que había sobre ella se desintegran. Luego es el boli –con el cariño que le tenía, con las ruletas que había hecho con él- y, pero será posible, se mira las yemas de los dedos, parpadea, no se lo puede creer, ¿pero qué clase de sustancia era esta? Él mismo, sin dolor alguno, sin ni siquiera una pequeña molestia, él mismo, el filólogo que iba a revolucionar la filología toda, está empezando a desaparecer…

2 comentarios:

  1. Douche a benvida a este mundo dos blogs
    e tamén te animo a que nunca
    deixes de escribir cousas tan fermosas
    e con calidade inmellorable como as que
    aquí nos presentas.

    Parabéns
    Biquiños

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