
He sido un coche. Ahora solo soy un bloque de chatarra.
Formo un extraño zigurat con otros bloques de chatarra. Permanecemos al sol en el solar de una enorme planta de reciclaje.
Me fabricaron robots de movimientos milimetrados. Mis piezas se deslizaban una a una por largas cintas transportadoras. El proceso era casi perfecto.
Costé dos millones y medio de pesetas de las de antes.
No me pusieron aire acondicionado. Soy azul oscuro. Fui azul oscuro.
Prefería las carreteras comarcales a las autopistas. Prefería las calzadas estrechas a las grandes avenidas. Prefería ser aparcado en la calle a los parkings, porque me gustaba servir de refugio a los gatos y de espejo de urgencia a alguna muchacha.
Odiaba ir al taller para que toscos mecánicos hurgasen en mi motor con llaves inglesas.
En cambio, me divertía que me llevaran a lavar. Me hacían cosquillas los rodillos.
Confieso que siempre tuve un poco de envidia de los descapotables.
En realidad, solo ha habido una cosa grande en mi vida: me enamoré de mi primera dueña.
Cuando el cinturón cruzaba su pecho y ella sujetaba con delicadeza el volante sentía que nos estábamos abrazando. Sus ojos azules en el retrovisor. El viento que entra por la ventanilla y agita su pelo rubio.
Sufrí terribles celos cada vez que amó a un hombre en los asientos de atrás.
Algunas noches ponía a Ella Fitzgerald o a Chet Baker y conducía sin parar durante horas; entonces se me permitió creer que era yo el propietario y ella solo mi dulce posesión.
Después de muchos años se deshizo de mí.
Fui un triste segunda mano, cada día más estropeado y más viejo. Tuve algunos accidentes de tráfico. Envidié el alcoholismo casi constante de mi segundo dueño.
Pasé una larga temporada encerrado en el garaje de su casa.
Allí no entraban los gatos. Solo había tiempo y espacio para recordarla.
Hoy ya no soy más que un bloque de chatarra.
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